La Primavera en Villahermosa.
Posted on 23:45 by Hugo Triano Gomez | 2 comentarios
Posted on 21:19 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios
A cien años de haberse provocado el inicio de la guerra civil, conocida oficialmente como revolución, todo sigue igual en el escenario nacional.
Miseria, desempleo y desigualdad social imperan en el México de hoy, como hace cien años; a ello, sólo se suma una delincuencia organizada y con mayores recursos técnicos, que la que representaron los salteadores de caminos de inicios del siglo XX.
Se afirma que los “iniciadores” o al menos quienes públicamente se asumieron como líderes del movimiento, tomaron las armas con el propósito de encarnar la lucha por valores como la democracia y la justicia social.
Lo cierto es que las condiciones de miseria en el campo y la desigualdad social generalizada, así como las libertades políticas limitadas contribuyeron a que el eco de un llamado a la rebelión, produjera efectos en la población.
De este modo, la clase política emergente, con intereses convergentes con el de financieros y políticos extranjeros, advirtió la fuerza de la masa nacional inconforme, por lo que la usó a fin de obtener la desaparición del viejo orden porfirista e iniciar así la “fundación” del régimen “revolucionario”.
El método de los cuartelazos se agudizó a partir de 1910 hasta los inicios de la década de los treinta, en gran medida como reflejo de las disputas de facciones extranjeras que en suelo mexicano, de nuevo se enfrentaban.
En efecto, el “revolucionario” de “altura” (no la masa popular) que no atendía la imposición o “compromiso” con su padrino político (generalmente extranjero) era suplantado por otro dispuesto a hacer lo que fuera por obtener reconocimiento y legitimidad; así se tuviera que atentar contra la propia esencia nacional.
La dimisión del poder por parte de Porfirio Díaz, es un hecho que contribuye en el apoyo a tal afirmación.
Y es que si, supuestamente el principal interés del movimiento de 1910, fue obtener mayores libertades político democráticas, la renuncia del llamado dictador debió abrir la puerta y bastar para iniciar la solución definitiva de los males de la nación, por lo menos los operacionales, aquellos que permitieran atender de inmediato las demandas sociales del grueso de la nación.
Todos sabemos que no fue así.
Retirado Díaz del escenario político Nacional y no obstante que se dogmatizó el “sufragio efectivo, no reelección”y que se permitió incluso la participación –breve- de partidos políticos católicos como rasgo de esa apertura; la crisis política continuó, creció y se agudizó al grado de gestarse el magnicidio de Francisco Indalecio Madero, como principal síntoma de la podredumbre que subyacía en la vida política nacional, presionada y acosada desde el exterior.
¿Acaso no era Madero lo que aspiraba la sociedad Mexicana? Posiblemente sí, ¿pero quién no quiso al pomposamente llamado apóstol de la de democracia? fue precisamente el factor extranjero manipulador con poder para movilizar sus piezas locales, con base en sus intereses. Es decir, la voluntad popular fue olímpicamente defraudada.
Por honor a la verdad ni Madero ni otro cualquiera podría por sí mismo, haber solucionado en definitiva los males de la nación.
La crisis política vivida a inicios del siglo XX, obedeció a intereses político- económicos de alta esfera, maquillada con los males reales sufridos por los mismos de siempre: “los de abajo”.
Dicha clase desvalida, jamás pudo fraguar en su conciencia colectiva, ni material ni ideológicamente una guerra civil. Ésta, fue producto de un interés mayor, totalmente ajeno al bienestar nacional, apoyado desde luego en elementos humanos nacionales sin escrúpulos, dispuestos a vender el alma al diablo con tal de obtener poder terrenal a costa del bienestar de todos.
Luego, resulta ridículo prestarse a la veneración de actores de tal calaña.
Sólo los gobiernos “revolucionarios” descendientes políticos de aquéllos precursores, merecen seguir “celebrando”, pues son ellos quienes aún gozan del bienestar particular y hablan de austeridad con la mano en la cintura y a la vez perciben sueldos millonarios, mientras la mayoría sobrevive con sueldos de hambre.
El proceso democrático si es factible, es aún eso: un proceso. Después del mal que representó la guerra civil de 1910-1929 y setenta años de hegemonía de la llamada familia revolucionaria, sus efectos se siguen sintiendo.
Corresponde pues, lejos de frívolas y ridículas celebraciones, exigir más que nunca la revisión de la llamada representatividad política del ciudadano, establecer mecanismos de verdadera rendición de cuentas e inhabilitación de actores políticos que van y vienen en lo cargos; así como aumentar el poder político del ciudadano, limitado hasta ahora al voto.
Atención especial y urgente merecen además las políticas económicas, pues la moneda nacional mermada en su poder adquisitivo, lo único que provoca es motivar el efecto psicológico del acopio y el enriquecimiento ilícito por parte del gobernado, que por más que se esfuerce, no avanza en el plano material.
El riesgo que implica la miseria como caldo de cultivo de una nueva guerra civil, jamás fue “revolucionado” en beneficio de la sociedad. Por el contrario, lo que se ha suscitado hasta hoy y con la adopción de modelos económicos globalizadores es una involución.
Sólo al iniciar tales tareas, podremos tomar un breve descanso y quizás…celebrar.
Religión, Independencia y Unión.
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Posted on 10:33 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios
En 2006 se celebró en México y con cierta discreción, el bicentenario del natalicio del ícono oficialista de la legalidad, popular y pomposamente nombrado como el benemérito de las Américas: Benito Juárez.
La beatificación de Juárez se reduce a la exaltación del ideal servil. Al mero hecho de ser empleado del poderoso.
El benemérito como cualquier actor político, obró conforme a sus intereses que no precisamente correspondían con los del pueblo mexicano del siglo XIX. Los hechos así lo demuestran.
La crítica de su conducta como actor político siempre será justificable, especialmente tratándose de la destrucción del mito y la reconstrucción del hombre.
El 17 de diciembre de 1857, en plena vigencia de la Constitución anti mejicana de aquel año, el jefe del ejecutivo federal Ignacio Comonfort, declaraba disuelto el congreso de la unión, en otras palabras realizó un golpe de Estado. Uno de tantos en la historia nacional, sin embargo uno de los pocos pregonados.
La causa: El verídico sentir de un liberal que comprendió la maldad de dicha ley y acató el sentir mayoritario del pueblo al menos en forma vacilante.
En efecto, dicha norma constitucional contrariamente a lo que se cacarea en las cátedras de constitucionalismo e historia, atacó intereses de la iglesia católica, institución naturalmente hispana y congruente con la tradición mestiza de la novel nación mejicana.
En ese entonces, era normal la relación íntima entre el Estado y la iglesia a nivel mundial; de hecho la unidad religiosa de un pueblo era estimada como una virtud.
De tal modo, la ofensiva ideológica fue producto de una moda “vanguardista” inducida por los enemigos del clero, que no veían con buenos ojos la enorme labor social de la iglesia católica en una nación joven que entonces poseía potencial para erigirse en un contrapeso en el hemisferio.
La referida acción, no fue preconcebida por las facciones liberales mejicanas -claro que no- ésta última minoría sólo constituyó el vehículo que sirvió para la adopción y ejecución del virus anticlerical en las mayorías, pues los fines de dicha política eran esencialmente extraños al sentir del verídico pueblo.
Ignacio Comonfort, vacilante y con el poder en sus manos, al advertir lo anterior coqueteó con facciones liberales radicales o puras y con los denominados conservadores. Ante tal vacilación, ambas facciones comprendieron que el jefe del ejecutivo no se hallaba en aptitud de cumplir sus ambiguos compromisos e intereses.
Y es que hay que puntualizar que si bien Comonfort no derogó la Constitución del 57, sí la desconoció al adherirse al denominado Plan de Tacubaya, que en su original articulo segundo preveía que el jefe del ejecutivo, o sea, aquél, habría de convocar a un nuevo constituyente.
Al no definirse del todo, pues si bien no apoyaba las exigencias de los liberales puros pero tampoco se comprometió con el programa del llamado bando conservador; llegó el momento en que presionado decidió renunciar cuando se enteró que Juárez estaba dispuesto a sostener y a defender la aplicación de la Constitución surgida del Plan de Ayutla, es decir, hacer lo que él sabía que no debía hacer. Así, se abrió la posibilidad de que “San Benito” ascendiera al poder.
Con independencia del caos imperante, el proceso que implicó el ascenso de Juárez es factible de análisis y desde luego de crítica. Al respecto Luis Reed Torres, autor no oficialista, precisa en su obra “Al servicio del enemigo de México. 1806-2006, Bicentenario de un ¿patriota? (La verdad sobre Juárez y el Partido Liberal)” que dicho procedimiento distó mucho de ser legal.
Luego, los atributos inmerecidos concedidos a Juárez como encarnante de la legalidad y justicia son cuestionables, pues en más de una ocasión violentó la ley mejicana y la propia Constitución.
En la “cátedra” se ha dicho siempre que Juárez ascendió al poder, mientras permanecía como presidente de la Suprema Corte de la Nación, por razón de una fórmula legal prevista en la Constitución.
Tal fórmula legal, precisa el gran polemista liberal y defensor de la verdad histórica Francisco Bulnes; no era aplicable al caso del llamado benemérito por una sencilla razón: La constitución de 1857 no preveía los casos en que existiera un vacío de poder.
Y es que al renunciar Comonfort por su actitud vacilante respecto del llamado al desconocimiento que hizo de la Constitución de 1857 y la simultánea declaración de disolución del congreso, se cerró la posibilidad de que la fórmula referida fuera ejercible, pues la misma se limitaba a la ausencia del titular del ejecutivo, en cuyo caso el congreso - inexistente para entonces - habría de formalizar el ascenso del presidente de la Corte.
En la situación ya señalada, Juárez al auto proclamarse legítimo presidente por suplencia, no hizo más que desconocer la legalidad.
Por no existir Poderes de la Unión (entiéndase el ejercicio integral de los tres), por el cual el pueblo en teoría ejerce su soberanía; Juárez no pudo ser designado presidente suplente.
Por ello decíamos optó por autodenominarse presidente legítimo, sin más apoyo legal que los decretos que él mismo y sus correligionarios se daban.
Tal hecho, abrió la puerta para un factor de mayor peso: El apoyo incondicional de los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo gobierno había sondeado ya y calado al verídico presidente de México, el general Zuloaga; de ahí que supieran que con él no se garantizaban las ejecuciones de ninguna de sus políticas e influencias.
Sólo una junta provisional o el líder de un movimiento sedicioso pudo convocar a elecciones y designar a un jefe del ejecutivo interino a como lo hizo el bando denominado conservador. Félix Zuloaga, fue así el legítimo presidente de la República durante tales convulsionados tiempos.
Luego, dichos acontecimientos históricos, dan en el traste a la tan exhibida y cacareada personificación de la legalidad de Juárez. Cuestión de estudio y análisis profundo para aceptarlo como verdad.
Lo grave aquí consiste en las mentiras oficiales que hasta el día de hoy se empeñan en transmitir en forma de educación formal, sobre un Juárez de caricatura, de cartón y oropel, un inmaculado; la única razón: intereses políticos extraños a la identidad del verdadero mejicano.
En Europa, concretamente en España, se ironiza por el hecho que los círculos intelectuales nacionales mayoritariamente escriban sólo bellezas de quien en tono de mofa ya es conocido como San Benito.
De la larga lista de actores políticos de la historia nacional, es Juárez el ser más perfecto, infalible, sin intereses, sin ambiciones, el prototipo del hombre nuevo de Nietzshe.
Juárez ha sido despojado de su naturaleza de actor político, y por esa circunstancia se le niegan errores o decisiones equivocadas, es más se le justifica fundado en la “convergencia” de la lucha ideológica hemisférica entre el liberalismo democrático anglo sajón y el europeísmo en apariencia interventor.
Cuestión de ópticas y de cristales con que se mire, al fin, pues hoy el imperio global demócrata, practica más que nunca y como nnunca, las intervenciones de aquellos pueblos que históricamente se le han opuesto tanto en las armas como en lo ideológico...Cuando aún, ello era posible.
Posted on 7:16 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios
Posted on 10:18 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios
Posted on 9:00 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios
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