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La Primavera en Villahermosa.

Posted on 23:45 by Hugo Triano Gomez | 2 comentarios

          Flor de Líz Pérez Morales.


Me contaron su experiencia, me las decían con la voz más brillante que pudiera escuchar a un estudiante universitario de la UJAT, me la narraban como si por primera vez se descubrieran como parte de un mundo que les debía todo y ahora ellos habían decido que había que hacer algo por el mundo. El común era que sus voces se habían unido en la marcha “Yo soy # 132”, es decir, se sentían dueños de ellos mismos.
Elías me relató la forma en que confrontó su ideología familiar con la suya, cuando lo acusaron de “acarreado” y él contestaba que no lo era, porque un acarreado no pagaría su pasaje de combi para ir solo a la marcha, sin que lo obligaran. 
Rafa dijo que su madre le dio la bendición cuando le anunció que iba a la marcha  y él le contestó que iba a luchar por ellos, sus padres. 
Cuando Carlos Lacos me hizo llegar su video, Yo soy 132, Soy México (Youtobe), en su propia voz entendí el sentido de la vida que en ese momento los hacía moverse a la  Plaza Municipal del Centro, donde apuntaban era el centro de reunión de la marcha. 
El video de Carlos me anunciaba que este país estaba en otra sintonía. En ese material audiovisual vi a los jóvenes entonando el Himno Nacional, sin que se los pidieran, lo cantaban con el orgullo de una patria que parecía que había olvidado a sus hijos y ellos se lo recordaban en una frase “piensa ¡oh patria querida! que el cielo un soldado en cada hijo te dio”.
Ahora ellos anuncian una primavera diferente, una que nace en el mismo mundo, pero con otras condiciones históricas. Sus voces antes calladas ahora se dejan escuchar en las paredes universitarias, en sus casas, en las redes sociales. Ahora se cuestionan y hacen pensar a muchos. Sus preguntas y opiniones son concretas: 
“¿Qué han dicho  Arturo Núñez, Jesús Alí y Gerardo Priego de los jóvenes? ¿Qué saben ellos de cómo pensamos nosotros? ¿Acaso dieron alguna opinión de nuestra marcha “Yo soy #132? ¿Cuál es el modelo de educación y empleo que delinean para nosotros? ¿Piensan  que contamos? ¿Qué han mencionado nuestros rectores de las instituciones de educación superior de los que estuvimos ahí? El rector de la UNAM y de la Universidad Iberoamericana apoyaron a sus universitarios… ¿Y nosotros?”
…Lo cierto es que ahí estaban las sociedades de alumnos para "supervisar si en algún momento nos convertíamos en porros; y acusarnos de violentos;, pero no ocurrió así, enseñábamos nuestras credenciales para demostrarles que son ellos los que ahora estarán vigilados, “porque nosotros sí damos la cara”
Esa tarde-noche del 23 de mayo, al igual que en el centro del País, en Villahermosa los estudiantes de diversas universidades pegaron un grito de esperanza, aunque también era el reclamo a la memoria colectiva,  a quienes los olvidaron, a quienes los vieron como una voz callada que sólo se asimila en la ignorancia. Esos chicos anunciaron otra cosa, se quitaron el miedo y dieron la cara de una nación, a su gente. 
Qué enorme responsabilidad han decidido asumir estos jóvenes que quieren vivir su propia Primavera, en el símil de aquella lejana “Primavera de Praga”, con las voces que ahora se adueñan en las redes sociales para expresarse y decir que sí cuentan en este país. “La diferencia entre aquellos y nosotros, es que ahora tenemos redes sociales, el quinto poder” decían, con humor.
No son de izquierda, derecha o centro, tampoco porros o anárquicos, como muchos los quieren calificar; son simplemente chavos que se asumen en una ideología personal con la recarga de una historia que ahora nos pesa a todos. Muchos de ellos son los mejores estudiantes, son líderes de grupos en sus disciplinas, han viajado, leen los periódicos y  libros, toman fotos, escriben, hacen videos, van a congresos académicos, publican en revistas de ciencias y artes, debaten con sus profesores, tienen redes de comunicación con otros chavos, opinan con la libertad de publicar en sus muros una forma de pensar que no les  inhibe, toman posturas con claridad sin temor a esconderlas. 
Para esos “vigilantes”, yo les diría- por si no están enterados- que en el historial de esos chicos sí ha pasado un libro en sus manos, pero lo más importante es que en sus experiencias han escuchado y leído las voces calladas de su país y ahora las hacen suyas. Tener jóvenes que explican y piensan de esa manera no es para temer, por el contrario, es para alegrarse porque que este México nuestro algún día estará en buenas manos. Hay una diferencia entre el joven que piensa y actúa, y el que anuda sin pensar. Es muy sencillo, los primeros son  chicos que convierten en palabra una demanda común: un país honesto y democrático.
El mundo intestino de los chavos basado en las tecnologías espantaría al más desparpajado de los políticos si un día completo se pasara estudiando las redes sociales. El debate es público, es de chavos que en su idioma confrontan,  explican, argumentan, lanzan, divierten, dan soluciones, replican y “etiquetan” mensajes donde se convencen y convencen a los demás; es de búsquedas y encuentros, pero esencialmente idealizan y redimen la mejor de las utopías: ¡Que este mundo… puede ser mejor!

El mito revolucionario.

Posted on 21:19 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios

Iván Triano Gómez




A cien años de haberse provocado el inicio de la guerra civil, conocida oficialmente como revolución, todo sigue igual en el escenario nacional.

Miseria, desempleo y desigualdad social imperan en el México de hoy, como hace cien años; a ello, sólo se suma una delincuencia organizada y con mayores recursos técnicos, que la que representaron los salteadores de caminos de inicios del siglo XX.

Se afirma que los “iniciadores” o al menos quienes públicamente se asumieron como líderes del movimiento, tomaron las armas con el propósito de encarnar la lucha por valores como la democracia y la justicia social.

Lo cierto es que las condiciones de miseria en el campo y la desigualdad social generalizada, así como las libertades políticas limitadas contribuyeron a que el eco de un llamado a la rebelión, produjera efectos en la población.

De este modo, la clase política emergente, con intereses convergentes con el de financieros y políticos extranjeros, advirtió la fuerza de la masa nacional inconforme, por lo que la usó a fin de obtener la desaparición del viejo orden porfirista e iniciar así la “fundación” del régimen “revolucionario”.

El método de los cuartelazos se agudizó a partir de 1910 hasta los inicios de la década de los treinta, en gran medida como reflejo de las disputas de facciones extranjeras que en suelo mexicano, de nuevo se enfrentaban.

En efecto, el “revolucionario” de “altura” (no la masa popular) que no atendía la imposición o “compromiso” con su padrino político (generalmente extranjero) era suplantado por otro dispuesto a hacer lo que fuera por obtener reconocimiento y legitimidad; así se tuviera que atentar contra la propia esencia nacional.

La dimisión del poder por parte de Porfirio Díaz, es un hecho que contribuye en el apoyo a tal afirmación.

Y es que si, supuestamente el principal interés del movimiento de 1910, fue obtener mayores libertades político democráticas, la renuncia del llamado dictador debió abrir la puerta y bastar para iniciar la solución definitiva de los males de la nación, por lo menos los operacionales, aquellos que permitieran atender de inmediato las demandas sociales del grueso de la nación.

Todos sabemos que no fue así.

Retirado Díaz del escenario político Nacional y no obstante que se dogmatizó el “sufragio efectivo, no reelección”y que se permitió incluso la participación –breve- de partidos políticos católicos como rasgo de esa apertura; la crisis política continuó, creció y se agudizó al grado de gestarse el magnicidio de Francisco Indalecio Madero, como principal síntoma de la podredumbre que subyacía en la vida política nacional, presionada y acosada desde el exterior.

¿Acaso no era Madero lo que aspiraba la sociedad Mexicana? Posiblemente sí, ¿pero quién no quiso al pomposamente llamado apóstol de la de democracia? fue precisamente el factor extranjero manipulador con poder para movilizar sus piezas locales, con base en sus intereses. Es decir, la voluntad popular fue olímpicamente defraudada.

Por honor a la verdad ni Madero ni otro cualquiera podría por sí mismo, haber solucionado en definitiva los males de la nación.

La crisis política vivida a inicios del siglo XX, obedeció a intereses político- económicos de alta esfera, maquillada con los males reales sufridos por los mismos de siempre: “los de abajo”.

Dicha clase desvalida, jamás pudo fraguar en su conciencia colectiva, ni material ni ideológicamente una guerra civil. Ésta, fue producto de un interés mayor, totalmente ajeno al bienestar nacional, apoyado desde luego en elementos humanos nacionales sin escrúpulos, dispuestos a vender el alma al diablo con tal de obtener poder terrenal a costa del bienestar de todos.

Luego, resulta ridículo prestarse a la veneración de actores de tal calaña.

Sólo los gobiernos “revolucionarios” descendientes políticos de aquéllos precursores, merecen seguir “celebrando”, pues son ellos quienes aún gozan del bienestar particular y hablan de austeridad con la mano en la cintura y a la vez perciben sueldos millonarios, mientras la mayoría sobrevive con sueldos de hambre.

El proceso democrático si es factible, es aún eso: un proceso. Después del mal que representó la guerra civil de 1910-1929 y setenta años de hegemonía de la llamada familia revolucionaria, sus efectos se siguen sintiendo.

Corresponde pues, lejos de frívolas y ridículas celebraciones, exigir más que nunca la revisión de la llamada representatividad política del ciudadano, establecer mecanismos de verdadera rendición de cuentas e inhabilitación de actores políticos que van y vienen en lo cargos; así como aumentar el poder político del ciudadano, limitado hasta ahora al voto.

Atención especial y urgente merecen además las políticas económicas, pues la moneda nacional mermada en su poder adquisitivo, lo único que provoca es motivar el efecto psicológico del acopio y el enriquecimiento ilícito por parte del gobernado, que por más que se esfuerce, no avanza en el plano material.

El riesgo que implica la miseria como caldo de cultivo de una nueva guerra civil, jamás fue “revolucionado” en beneficio de la sociedad. Por el contrario, lo que se ha suscitado hasta hoy y con la adopción de modelos económicos globalizadores es una involución.

Sólo al iniciar tales tareas, podremos tomar un breve descanso y quizás…celebrar.

Religión, Independencia y Unión.

Reflexiones bicentenarias II.

Posted on 10:52 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios

Iván Triano Gómez




Retomando el quehacer y la caída del Primer Imperio Mexicano resulta cierto que no fue el pueblo sino los enemigos ideológicos del futuro magno de nuestra nación, quienes adoptaron y decidieron jugar el rol de Judas, a fin de hacer fracasar el plan de las tres garantías (o de Iguala como también se le denomina), por el cual la nueva nación surgida del antiguo, ordenado y pacífico Virreinato Novo hispano, estaba llamada a ser mucho antes que Norteamérica, el poder hegemónico del hemisferio occidental, como genuino heredero de la grandeza de la madre patria.
Posibilidad lanzada a la basura por el espejismo de la igualdad, la libertad y la fraternidad universal.
Tal eslogan constituiría el veneno ideológico por el cual un grupo con visión de dominio global, habría de dividir a la hasta entonces, uniforme sociedad Novo hispana.
Luego, las decisiones personales de los actores políticos, a favor de los antagónicos ideológicos de la posibilidad de un Imperio de tradición y herencia Hispana, fueron fundamentales, pues optaron por colocarse en el lado de su conveniencia por algunas monedas de oro y una vez sometidos al lavado de cerebro decidieron jugar el papel de la alianza interna, apoyada y financiada desde afuera para destronar dicha influencia hispana en el territorio del Virreinato. Como si la tendencia Norteamericana con todos y sus titulares de libertad y fraternidad, no constituyeran ideologías extrañas a la esencia del Novo hispano y sólo la influencia europeísta fuera “dañina” para los mismos.
En resumen, se optó por el americanismo no nacional, sino exclusivamente anglo sajón, con el objetivo de engrandecer a una nación incipiente pero ya con visión de hegemonía hemisférica, a costa del empequeñecimiento del Virreinato Español; todo por las monedas de igualdad, libertad y fraternidad universal, que en sentido estricto se enarboló no para la universalidad humana, sino para un pequeño grupo de seres con convicción de “su” destino manifiesto.
Lo grave hoy es que la cúpula gubernamental sigue sosteniendo - no obstante la “alternancia” partidista en el poder ejecutivo federal – las grandes mentiras de nuestra historia.
No se aprecia en el horizonte, un mínimo de interés por reconocer no sólo a Iturbide, sino a muchos más actores verdaderamente forjadores de nuestra nación, cuyo único pecadoverídico amor por el suelo patrio. ha sido observar –en su momento- la realidad nacional con un cristal diverso al de los tradicionalmente llamados liberales; pero que supieron defender virilmente sus convicciones ideológicas, teniendo como eje de su defensa, un
Cuando ello suceda, si es que es factible, el Mexicano podrá reflexionar mayormente y tener claro su destino, un destino que hoy ni siquiera se cree tener, pero que alguna vez fue latente, faltó la consolidación; destino que no puede ser jamás el de verdadera colonia económica (a como acontece hoy día) o traspatio del Imperio Global Anglo Sajón. Sólo entonces se podrá reiniciar la búsqueda y obtención de nuestro verídico destino.
Por ello es lamentable que el Estado Mexicano promueva indirectamente la “educación”“históricas” de la guerrilla iniciadora del movimiento de 1810. superficial y barata de la masa, a través de sus dos televisoras, con pseudos representaciones
Aún más grave es la pretensión de “educar” en historia nacional a la niñez mexicana, a través de caricaturas bicentenarias. Más bien se trata de la reiteración hipnótica de la historia nacional falsificada, con el único objetivo de crear zombis sin juicio crítico.
Hacer creer a la niñez nacional que Morelos tenía apariencia de “He-Man”, en nada ayudará a esta nación, pues mientras se engrandece el mito, se reduce al futuro hombre pensante y así, la farsa continúa (y lastimosamente continuará)
Religión, Independencia y Unión..

Reflexiones bicentenarias I.

Posted on 10:08 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios

Iván Triano Gómez.



La reciente celebración bicentenaria nada tuvo de veraz ejercicio cívico; ni de reconocimiento sincero a los fundadores de nuestra nación. Se trató sólo de parafernalia gubernamental, de banal exaltación.
El hecho que entre las osamentas exhibidas al público en la ciudad de México, por iniciativa de la presidencia de la República, no se hallen las que pertenecieron a Don Agustín de Iturbide y Aramburu, así lo demuestran.
En efecto, dicho acto no persiguió más que objetivos fetichistas; alimentar la natural curiosidad de las generaciones actuales en torno a lo mismo de siempre: la historia nacional falsificada.
Tan falsa fue la celebración en detrimento del erario, que en vez de celebrar la fecha en que de acuerdo al acta de independencia se obtiene ésta, se prefirió por disposición gubernamental, vitorear el inicio del movimiento con todo y que trágicamente derivó en meses de lucha guerrillera, sin mayor resultado, más que miles de novo hispanos muertos.
Y es que de acuerdo con la influencia derivada del imperio norteamericano, que celebra la firma del acta de virginia de 1789, por la cual se erigen los nuevos Estados Unidos de Norteamérica; es dicho acontecimiento el que se justifica celebrar por constituir la consumación de los sacrificios militares, económicos y sociales hechos.
Nada más incongruente que celebrar el inicio de un movimiento sin resultados.
Sólo un gobierno lleno de rencor pudo instaurar tal celebración.
De este modo, hasta en lo superfluo el mexicano se halla extraviado. Cual elefante atado desde su incipiente existencia a la estaca, ha adquirido gusto al cautiverio, a las cadenas, a las mentiras. Cree que aún y cuando ha crecido en tamaño y poder, nunca le será posible librarse, no cree en otra cosa que en lo que le han contado.
La guerrilla que constituyó en estricto sentido el denominado movimiento independentista, iniciado alegórica y formalmente con el grito de dolores Hidalgo del 16 de septiembre de 1810; no pudo nunca concretar un triunfo de la dimensión que habría de darse el 24 de febrero de 1821, encabezado por actores políticos muy diversos a los oficialmente señalados.
La historia humana enseña que ningún movimiento guerrillero insurgente nacional es factible de triunfar, a no ser que cuente con el apoyo decidido y pleno de una entidad hegemónica que lo auxilie desde el exterior.
Ciertamente, la insurgencia será capaz de muchos y nobles actos de sacrificio, pero sin apoyo político, de propaganda y logístico, se hallará casi siempre destinado al fracaso.
Precisamente el fracaso alcanzó al movimiento interno de 1810 con la muerte de sus principales actores: Hidalgo y Morelos incluido. De este modo, si bien se mostró coraje y deseo de autonomía por parte de un sector de la sociedad novo hispana, tales peculiaridades no fueron suficientes para consolidar la llamada independencia.
De pronto la convulsión social existente en la mayor parte de la Nueva España (hasta 1810 casi inexistente) fue controlada, si no es que exterminada. En la sierra de lo que hoy es Guerrero - exclusivamente - el caudillo que inspiró el nombre de dicha entidad federativa, continuó resistiendo con una guerra de guerrillas. Mientras en Europa, la invasión Napoleónica continuaba y con ello los acontecimientos.
Aislada la guerrilla en lo que entonces se conoció como el territorio de Valladolid, habrían de transcurrir varios años desde la muerte de los principales iniciadores del conflicto bélico independentista; entre victorias y derrotas a veces virreinales, otras insurgentes, pero sin posibilidad de verídico triunfo para el último bando.
Así, en el año de 1821 surge como principal actor de la política Novohispana (militarmente ya había destacado años atrás) Don Agustín de Iturbide y Aramburu, a quien la cúpula gubernamental revolucionaria liberal del siglo XIX y sus herederos del siglo XX, condenaron visceralmente al rincón del olvido de la historia nacional.
¿La razón? El hecho de haber concebido un Imperio. Como si ello fuere la peor de las determinaciones de un pueblo, con capacidad para ello. La única diferencia hoy en día, estriba en que los imperios son económicos y no políticos, aunque el primer factor permite el ejercicio del segundo.
Se le ha acusado además de ególatra por ambicionar para sí, un poder tan absoluto como el que goza un emperador.
Tales imputaciones carecen de base.
La tendencia de Iturbide hacia la monarquía no era ilógica en el incipiente siglo XIX, por el contrario era natural que un Virreinato, aspirara a ser un propio reino.
Además, por la extensión de dicho reino, también era natural que tendiera al Imperio, pues las fronteras del Virreinato de la Nueva España, se extendían desde Tejas y la Alta California hasta la frontera de lo que entonces era la Gran Colombia, que aún contaba con el territorio desmembrado posteriormente, de Panamá.
Y es que la administración de tan vasto territorio, ameritó una cabeza política visible que diera unidad a la administración del mismo; tan es así que al proclamarse emperador Iturbide, contrario a lo que se afirma, las hoy naciones centro americanas, provincias o capitanías de la entonces Nueva España, de manera espontánea reconocieron en aquél, a su líder y guía. Hasta entonces no producía efecto el veneno ideológico de la fragmentación política.
Ególatra y absolutista son dos imputaciones que de ningún modo corresponden a la personalidad del Emperador Mexicano. Iturbide, como todo humano algo debió tener de ególatra, sería antinatural sino fuese así.
La formación militar del Emperador, generó una sensibilidad nacionalista que le permitió en su momento renunciar al advertir la posibilidad de mayor derramamiento de sangre nacional, ante la inminente crisis social que generaron los acontecimientos en torno a su ascenso como emperador, en gran medida provocada por el propio parlamento Mexicano. ¿Acaso no es ésta, señal de la renuncia al ego? ¿Renunciar al poder, no es renuncia al interés particular? La historia Mexicana demuestra la perpetuidad (e intento de perpetuarse en el poder) de líderes sin mayor argumento y sin embargo, poco o nada se les condena.
¿Absolutista? ¡Nada más absurdo! Agustín de Iturbide y Aramburu gobernó brevemente el Imperio Mexicano con un congreso de “representantes” conforme a la vanguardia ideológica de la época y como margen de su actuación pública administrativa, una constitución; por tales circunstancias jamás pudo ser un absolutista; con todo y que suprimió al primero, pues tal desaparición se suscitó políticamente tarde, tanto así que ello contribuyó al derrocamiento de su gobierno. Hasta aquí una primera reflexión.

Juárez: La Caricatura.

Posted on 10:33 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios



Iván Triano Gómez



En 2006 se celebró en México y con cierta discreción, el bicentenario del natalicio del ícono oficialista de la legalidad, popular y pomposamente nombrado como el benemérito de las Américas: Benito Juárez.

La beatificación de Juárez se reduce a la exaltación del ideal servil. Al mero hecho de ser empleado del poderoso.

El benemérito como cualquier actor político, obró conforme a sus intereses que no precisamente correspondían con los del pueblo mexicano del siglo XIX. Los hechos así lo demuestran.

La crítica de su conducta como actor político siempre será justificable, especialmente tratándose de la destrucción del mito y la reconstrucción del hombre.

El 17 de diciembre de 1857, en plena vigencia de la Constitución anti mejicana de aquel año, el jefe del ejecutivo federal Ignacio Comonfort, declaraba disuelto el congreso de la unión, en otras palabras realizó un golpe de Estado. Uno de tantos en la historia nacional, sin embargo uno de los pocos pregonados.

La causa: El verídico sentir de un liberal que comprendió la maldad de dicha ley y acató el sentir mayoritario del pueblo al menos en forma vacilante.

En efecto, dicha norma constitucional contrariamente a lo que se cacarea en las cátedras de constitucionalismo e historia, atacó intereses de la iglesia católica, institución naturalmente hispana y congruente con la tradición mestiza de la novel nación mejicana.

En ese entonces, era normal la relación íntima entre el Estado y la iglesia a nivel mundial; de hecho la unidad religiosa de un pueblo era estimada como una virtud.

De tal modo, la ofensiva ideológica fue producto de una moda “vanguardista” inducida por los enemigos del clero, que no veían con buenos ojos la enorme labor social de la iglesia católica en una nación joven que entonces poseía potencial para erigirse en un contrapeso en el hemisferio.

La referida acción, no fue preconcebida por las facciones liberales mejicanas -claro que no- ésta última minoría sólo constituyó el vehículo que sirvió para la adopción y ejecución del virus anticlerical en las mayorías, pues los fines de dicha política eran esencialmente extraños al sentir del verídico pueblo.

Ignacio Comonfort, vacilante y con el poder en sus manos, al advertir lo anterior coqueteó con facciones liberales radicales o puras y con los denominados conservadores. Ante tal vacilación, ambas facciones comprendieron que el jefe del ejecutivo no se hallaba en aptitud de cumplir sus ambiguos compromisos e intereses.

Y es que hay que puntualizar que si bien Comonfort no derogó la Constitución del 57, sí la desconoció al adherirse al denominado Plan de Tacubaya, que en su original articulo segundo preveía que el jefe del ejecutivo, o sea, aquél, habría de convocar a un nuevo constituyente.

Al no definirse del todo, pues si bien no apoyaba las exigencias de los liberales puros pero tampoco se comprometió con el programa del llamado bando conservador; llegó el momento en que presionado decidió renunciar cuando se enteró que Juárez estaba dispuesto a sostener y a defender la aplicación de la Constitución surgida del Plan de Ayutla, es decir, hacer lo que él sabía que no debía hacer. Así, se abrió la posibilidad de que “San Benito” ascendiera al poder.

Con independencia del caos imperante, el proceso que implicó el ascenso de Juárez es factible de análisis y desde luego de crítica. Al respecto Luis Reed Torres, autor no oficialista, precisa en su obra “Al servicio del enemigo de México. 1806-2006, Bicentenario de un ¿patriota? (La verdad sobre Juárez y el Partido Liberal)” que dicho procedimiento distó mucho de ser legal.

Luego, los atributos inmerecidos concedidos a Juárez como encarnante de la legalidad y justicia son cuestionables, pues en más de una ocasión violentó la ley mejicana y la propia Constitución.

En la “cátedra” se ha dicho siempre que Juárez ascendió al poder, mientras permanecía como presidente de la Suprema Corte de la Nación, por razón de una fórmula legal prevista en la Constitución.

Tal fórmula legal, precisa el gran polemista liberal y defensor de la verdad histórica Francisco Bulnes; no era aplicable al caso del llamado benemérito por una sencilla razón: La constitución de 1857 no preveía los casos en que existiera un vacío de poder.

Y es que al renunciar Comonfort por su actitud vacilante respecto del llamado al desconocimiento que hizo de la Constitución de 1857 y la simultánea declaración de disolución del congreso, se cerró la posibilidad de que la fórmula referida fuera ejercible, pues la misma se limitaba a la ausencia del titular del ejecutivo, en cuyo caso el congreso - inexistente para entonces - habría de formalizar el ascenso del presidente de la Corte.

En la situación ya señalada, Juárez al auto proclamarse legítimo presidente por suplencia, no hizo más que desconocer la legalidad.

Por no existir Poderes de la Unión (entiéndase el ejercicio integral de los tres), por el cual el pueblo en teoría ejerce su soberanía; Juárez no pudo ser designado presidente suplente.

Por ello decíamos optó por autodenominarse presidente legítimo, sin más apoyo legal que los decretos que él mismo y sus correligionarios se daban.

Tal hecho, abrió la puerta para un factor de mayor peso: El apoyo incondicional de los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo gobierno había sondeado ya y calado al verídico presidente de México, el general Zuloaga; de ahí que supieran que con él no se garantizaban las ejecuciones de ninguna de sus políticas e influencias.

Sólo una junta provisional o el líder de un movimiento sedicioso pudo convocar a elecciones y designar a un jefe del ejecutivo interino a como lo hizo el bando denominado conservador. Félix Zuloaga, fue así el legítimo presidente de la República durante tales convulsionados tiempos.

Luego, dichos acontecimientos históricos, dan en el traste a la tan exhibida y cacareada personificación de la legalidad de Juárez. Cuestión de estudio y análisis profundo para aceptarlo como verdad.

Lo grave aquí consiste en las mentiras oficiales que hasta el día de hoy se empeñan en transmitir en forma de educación formal, sobre un Juárez de caricatura, de cartón y oropel, un inmaculado; la única razón: intereses políticos extraños a la identidad del verdadero mejicano.

En Europa, concretamente en España, se ironiza por el hecho que los círculos intelectuales nacionales mayoritariamente escriban sólo bellezas de quien en tono de mofa ya es conocido como San Benito.

De la larga lista de actores políticos de la historia nacional, es Juárez el ser más perfecto, infalible, sin intereses, sin ambiciones, el prototipo del hombre nuevo de Nietzshe.

Juárez ha sido despojado de su naturaleza de actor político, y por esa circunstancia se le niegan errores o decisiones equivocadas, es más se le justifica fundado en la “convergencia” de la lucha ideológica hemisférica entre el liberalismo democrático anglo sajón y el europeísmo en apariencia interventor.

Cuestión de ópticas y de cristales con que se mire, al fin, pues hoy el imperio global demócrata, practica más que nunca y como nnunca, las intervenciones de aquellos pueblos que históricamente se le han opuesto tanto en las armas como en lo ideológico...Cuando aún, ello era posible.

El principio del fin

Posted on 7:16 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios

  Hugo Triano Gómez. 




Marzo, el mes que se fue, representa un parte aguas en la historia del país, uno que ha servido para menos de lo que se suponía, de lo que se pensaba, de lo que se deseaba.
Y es que desde antes, unos años después del origen de la Nación Mexicana -en un Marzo de 1829- se aceleró “realmente” el desmembramiento de su Unidad, de sus cimientos, pérdida que nos ha llevado a la sumisión y a perdernos sin remedio entre la “mundialización”, situación penosa cuando las posibilidades de un éxito independiente, eran verdaderas, reales.
En aquel Marzo descrito comenzó la expulsión “en serio” de los forjadores del nuevo mundo de “nuestro suelo”, hecho escudado en el falso nacionalismo que desde entonces nos ha acompañado. No importó que para la fundación de la Mexicaneidad, los Españoles hayan jugado parte trascendentalmente actuante.
Poco importó la enseñanza terrenal heredada, no se diga la espiritual que fue causa y objeto del desmembramiento. El caso era borrar todo vestigio “Europizante” alegaban –desde luego que solo en la forma- aunque más rápido hubiéramos adoptado tendencias y creencias no solo contrarias a las conocidas durantes 3 centurias, si no incongruentes con las que supuestamente se combatían. Es decir, se aniquiló la monarquía haciéndonos creer sin sustento que se trata del peor régimen, pero no para fundar uno nuevo acorde a lo “avanzado” de entonces de nuestra sociedad.
Solo se copió y si se quiere, se adaptó la teoría y la práctica de la República que hoy nos regala la Democracia de Partidos; en contraparte se extinguió
la Unidad moral y religiosa de la Corona Española a cambio y en nombre de la “libertad”, que con el paso de los años ha hecho al país perder la identidad y el nacionalismo –la verdadera libertad- para en cambio adoptar otras posturas que haciéndonos diferir, solo generan pérdidas de tiempo, encono y la desubicación de los asuntos verdaderamente importantes.
Es indispensable decir, tomando en cuenta palabras de la actualidad, que la transición de la Monarquía a la República en México fue errada por el corto tiempo en el que se dio, por la manera que se impuso, pasando por encima de procesos considerados normales hasta llegar hasta este último estadio, que aquí ha dado muestras de su ineficacia, su impopularidad y antipatía.
No es cierto pues que la herencia Española haya dado al traste con las posibilidades de éxito de México, sobran ejemplos “verdaderamente históricos” para afirmarlo. Basta decir que en la historia oficial “la de medias tintas”, la impuesta por los vencedores de aquellos lejanos años y hasta la de los revolucionarios o los del cambio, se documentan los tiempos de la debacle Nacional.
Buscando con vergüenza y con amor a la patria perdida, la verdad puede verse a gran distancia, aunque es cierto con gran dificultad.
El principio del fin no fue Iturbide, ni la influencia natural Española de las primeras décadas de independencia, sí la intromisión de intereses mundiales añejos que veían en la desaparición de dicha predominancia y en el debilitamiento de la unidad nuestra, una posibilidad para ellos.
El principio del fin ocurrió por que fue apoyado por algunos de “nuestros hombres” que no están -como debieran- en el basurero de la historia, justamente por lo planteado líneas arriba.
Desafortunado es entonces recordar aquel Marzo de hace 181 años, pero más vernos perdidos en aras de intentar seguir el camino de los “padres” del norte que a diferencia y para desgracia nuestra, no aniquilaron ni exiliaron a sus fundadores, y en cambio esparcieron y esparcen aún su teología hasta donde en apariencia, pudiera resultar imposible.

¡Viva Cristo Rey!

Posted on 10:18 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios





Iván Triano Gómez. 

Con el ascenso al poder de la llamada revolución institucional, en la segunda década del siglo XX, habría de iniciar uno de los atentados antidemocráticos más incongruentes contra la sociedad mexicana: La persecución y represión del catolicismo.
El movimiento social conocido como guerra cristera -en forma despectiva por cierto- constituyó el primer conflicto social desde que los generales se pusieron de acuerdo para sostener y practicar el poder “institucionalmente” en México.
Dicho conflicto ha sido poco estudiado y poco difundido por el Estado. La causa obedece precisamente a que constituye una mancha en la búsqueda de legitimación interna por parte del gobierno revolucionario, ya legitimado por el exterior a través de la contienda iniciada en 1926.
El pueblo mexicano de inicios del siglo XX era, sin exageración, absolutamente católico y mayoritariamente practicante y creyente. Tales peculiaridades deben ser atendidas a fin de comprender en su verdadera dimensión, el origen y justificación del levantamiento popular en contra del gobierno federal, en más de la mitad de la república al grito de “Viva Cristo Rey”.
Por otra parte destaca el hecho que las leyes anticlericales del gobierno Juarista (las de reforma y la constitución de 1857), y las de Lerdo de Tejada de 1873, no fueron ejecutadas en forma completa desde su adopción. Porfirio Díaz, por ejemplo toleró a la iglesia católica, aunque no hizo nada por derogar dichas leyes, lo mismos hizo Adolfo de la Huerta, ambos ya en el incipiente siglo XX, y originalmente el propio Álvaro Obregón, quien aún y con sus arranques públicos jacobinos, autores serios lo califican como tolerante del catolicismo.
No obstante dicha condición habría de desaparecer al acceder al poder el secretario de gobernación de Obregón, el “general” Calles, a quien como parte del binomio Sonorense, le urgía el reconocimiento de su gobierno por parte de Washington.
En efecto, al requerir Plutarco Elías Calles el reconocimiento de su gobierno por parte de los dueños de Washington, con el único propósito de mantener el poder, traicionó al verídico pueblo mexicano, al pueblo creyente que por razones naturales practicaba el culto católico.
Ello, se tradujo en una política no anti religiosa, sino abiertamente anti católica.
La incongruencia consistente en que un gobierno, en apariencia emergido “democráticamente” por un pueblo absolutamente católico, persiguiera y reprimiera al mismo; sólo es explicable si se da por cierta la influencia extraña de actores ajenos a esa filosofía cristiano católica.
Y es que aunque cueste trabajo comprenderlo y creerlo, detrás de toda política, detrás de todo acontecimiento político social, subsiste el conflicto milenario entre dos formas de concebir al mundo material; la cristiana y la anticristiana. Ambos caminos iniciaron su recorrido desde el momento en que el Nazareno fue alzado sobre el madero.
Los enemigos del hombre-Dios, son quienes desde lejos, temporal y materialmente hablando, han influido en gran medida debido al poder adquirido en otras latitudes, con políticas extrañas para las naciones destinatarias.
El caso de Calles es peculiar, pues aún contando con cierta libertad de poder, respecto de Washington; lejos de acrecentar la misma fortaleciendo a su pueblo a fin de competir en todos los ámbitos con el “coloso” del Norte que ya se apuntalaba como el dueño del hemisferio, optó por sentarse con el poderoso para negociar no el bienestar social de “su nación”, sino el propio. Sacrificó a las futuras generaciones y con ello la verdadera autodeterminación del pueblo Mexicano.
Calles al final cumplió con el arquetipo que plantea Octavio Paz, respecto del mexicano en su “Posdata”; actuó conforme a la herencia tlatoani - caudillo.
No obstante que la iglesia católica constituyó desde la llamada “Colonia” la principal fuerza para proteger a los oprimidos (los programas sociales de la misma fueron en la época, mayores que los públicamente se reconocen); el gobierno federal “revolucionario” la atacó abiertamente con la promulgación de la ley reglamentaria del artículo 130 constitucional, el cuatro de enero de 1926, pues de entrada no se reconocía jerarquía dentro de la iglesia y se reducía al sacerdote a un mero empleado del gobierno.
El punto más controvertido de dicha normatividad, lo constituyó la obligación de los sacerdotes de inscribirse ante el gobierno y obtener de éste la autorización para ejercer su ministerio, aunado a la necesidad de avisar; es decir, de pedir permiso para cambiar de ciudad o de parroquia.
De acatar los sacerdotes “inscribirse”, de hecho y frente a los católicos serían desertores y colaboracionistas; quienes permanecían fieles a Roma, se hallaban impedidos para cumplir con sus funciones espirituales.
Así, Calles inició apoyado en una Constitución anticlerical, una verdadera campaña en contra de la iglesia católica. Acorde con la común y simplista interpretación del apotegma: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, el César ahora se entrometía en las cosas de Dios.
La separación Estado Iglesia hoy en día resulta algo natural e incuestionable, sin embargo, la postura del gobierno federal de 1926, en nada justifica la implementación de la misma, pues como se ha precisado, la referida ley reglamentaría atacaba en forma directa una forma de culto: la mayoritaria en aquélla época.
Ante ello, y de forma justa, la sociedad mexicana se organizó en forma espontánea en defensa de la libertad religiosa.
Dado que el presidente Calles urgió a los gobiernos estatales la pronta aplicación de la ley reglamentaria así como, la pronta legislación a nivel local respecto del tema, pronto surgieron absurdos como la ley del estado de Tabasco, en la que su precursor el tirano Tomás Garrido Canabal, exigía que los sacerdotes fueran casados. Absurdo, no sólo desde la óptica de la filosofía católica, sino desde el plano de los derechos humanos, pues tal legislación exigía y decidía por el gobernado el estado civil del mismo (en este caso el sacerdote). Solo faltó que se eligiera a la pareja.
Simultáneamente, se atacó la práctica libre del trabajo, aún y cuando la misma Constitución afirma la libertad de dedicarse en el territorio nacional, al oficio, trabajo o ciencia que se desee, con la única restricción de que el mismo sea lícito.
En este contexto, la lucha de los católicos Mexicanos, en contra del represor revolucionario, al grito de: “Viva Cristo Rey” nada tiene de fanática; si acaso, el fanatismo por la defensa de la libertad de pensamiento y creencia, en ese entonces débilmente atacada por los enemigos del catolicismo, pues a diferencia de aquélla época, hoy en día la infiltración mental constituye el frente más contundente por el cual se diluye ya, toda creencia y convicción, a grado tal que hoy se duda de todo y se asumen como ciertas y naturales, aberraciones como la pornografía permisible, la prostitución de cualquier género, maquilladas sutilmente de libertades que sólo contribuyen a la disolución social, la antítesis de la unidad nacional.
En síntesis, al cabo de 70 años de dictadura “revolucionaria” y una década de gobierno “bolillo”, el panorama es gris. Hablar de lo positivo que pueda tener tal lapso no es tarea nuestra, pues por honor a la verdad algo aunque sea ínfimo puede existir de positivo en el sistema producto de la revolución, pero ello se convierte en nada, al apreciar que las actuales generaciones de jóvenes trabajadores, siquiera gozan de la certeza de un retiro digno al final de la vida laboral. Del acontecer diario, mejor ni hablar.
El combate del fanatismo e ignorancia del pueblo mexicano, que constituyó la razón discursiva del gobierno anticatólico de 1926, hoy pareciera anacrónico al contrastar el pasado “cristero” con el presente globalizador; nada más falso e irónico.
En efecto, el pueblo mexicano es hoy a diferencia de la sociedad católica mexicana de 1926, más fanático e ignorante, aquélla tenía y practicaba buenas costumbres por regla general, la de hoy carece de ambos, por regla general.
La diferencia estriba además en la sustancia de los calificativos. Hoy se es ignorante de las buenas costumbres, de los valores, y se es fanático del ocio, la farsa… y la mediocridad.

Un minuto de silencio. (México 1910: Futuro extraviado)

Posted on 9:00 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios

Opinión
Iván Triano Gómez.

Para comprender en su dimensión real cualquier acontecimiento social, es necesario abstraerse de la realidad propia, del presente de uno, tarea desde luego muy difícil, de naturaleza filosófica.
Tal tarea se complica tratándose de hechos pasados; por tanto el estudio de la revolución mexicana no es la excepción.

Lo que se nos ha dado a conocer por décadas como la revolución mexicana, no va más allá de una terrible lucha armada entre hermanos mexicanos, una lucha entre ciudadanos comunes, entre vecinos; bastaba para ser contrario, enlistarse en uno de los tantos bandos que hubo. Así, de pronto el vecino era Villista y el de enfrente afín a lo gubernamental, suficiente razón para morir.

La pretendida “bola” ungida de valor e idealismo por los literatos del “régimen revolucionario”, que voluntariamente se lanzaba a la lucha por un porvenir mejor, solo es fantasía exaltada en dicho tipo de literatura, elevada a genial pluma.

Lo cierto es que las condiciones sociales de principios del siglo XX en todo México eran de pobreza, especialmente en el campo, región que por cierto era mayoritaria en la república, pues las tradicionales urbes eran aisladamente los centros de mayor concentración poblacional y a cuyos pobladores se limitaba ciertas comodidades materiales.
Tales circunstancias -en honor a la verdad- no pueden ni deben adjudicarse a la administración porfiriana, no por apología ideológica, menos por culto a su personalidad; sólo por honrar a la verdad.

Tuvieron que pasar cerca de 65 años desde que la nación obtuvo su “independencia” política, durante los cuales el denominador común fue el cuartelazo, para que se lograra un poco de estabilidad social y sí, orden y paz porfiriana.

Tal orden y paz social, calumniada por la historia oficial más visceralmente que fundadamente, serían las condiciones necesarias para que por fin, la nación iniciara el arranque hacia la modernidad, que en retrospectiva es calificada como primitiva. No obstante el tiempo perdido, el general Díaz, habría de poner las bases del México moderno, antes que cualquier otro y como nadie lo ha vuelto hacer en el México actual.
Las obras de los años sesenta en las administraciones de López Mateos y Díaz Ordaz, que innegablemente vinieron a complementar lo ya hecho por Porfirio Díaz no lo rebasarían en importancia.
Las relaciones internacionales con México eran de verdadero respeto, sin exagerar ni sobreestimar la capacidad de nuestras determinaciones políticas que en aquél entonces aún eran posibles.

Jamás ningún gobernante mexicano ha podido ni pudo quitarse de encima la influencia y hegemonía Norteamericana; historiadores serios afirman que Obregón fue el último gobernante nacional que tuvo cierto margen de movimiento estratégico para rehuir algunos designios e imposiciones políticas del imperio.
Pues bien, en pleno desarrollo y con tan sólo cerca de 30 años de paz y orden, y a punto de perder las simpatías de la Casablanca, el general Díaz obviamente no pudo mejorar las condiciones de la mayoría de los mexicanos, no por egoísmo o por falta de sensibilidad, sino porque el tiempo le ganó la carrera.

En efecto, Díaz ya un anciano en el poder, sin el ímpetu de la juventud, aunque sí un zorro político, sería provocado en la famosa pero poco conocida reunión del paso del norte (hoy ciudad Juárez), el año era 1909..

El resultado exacto de dicha reunión casi nadie lo sabe. Fuentes no oficiales afirman que entre otras cosas, el presidente Norteamericano supo entonces que Díaz no pretendía cumplir con los compromisos privados asumidos por el gobierno Mexicano, por citar alguno, la ejecución de la reforma agraria que habría de nulificar los efectos positivos de las haciendas, suspendida desde tiempos de Juárez; especialmente en una época en que dicho sistema de haciendas mantenía fuerte al campo Mexicano al grado de ser auto suficiente desde la perspectiva productiva (era impensable por ejemplo la importación de maíz o cualquier otro grano).Dicha circunstancia habría de constituir el caldo de cultivo que generaría la chispa adecuada para que al siguiente año, el conflicto cívico armado se pusiera en movimiento.
Oficial y limitadamente se sostiene que la causa principal que habría de motivar el plan de San Luis, fue la visión demócrata del apóstol Francisco I. Madero. Nada más falso, las causas fueron muchas más complejas y extrañas al deseo democratizador de un solo sujeto y mucho menos de un pueblo inculto y desinformado como el nuestro al comienzo del siglo XX.


Lo que sucedió fue que el hoy imperio armó a las facciones antagónicas del régimen de Díaz, y desató al tan temido por él, “tigre democrático”. El pueblo si bien paupérrimo desde una óptica social, gozaba de nivel de vida moral, si bien no del todo material; era posible entonces sobrevivir con el peso mexicano cuya paridad con el dólar era mínima, las diferencias eran de centavos, lo que permitía la existencia de una moneda con poder adquisitivo. No existía especulación económica, se obtenía con poco, lo mucho que el campo producía, el país apenas comenzaba a despegar al cabo de treinta años de orden y de obra pública.

Por desgracia dicho crecimiento, habría de detenerse bruscamente al decidirse fuera del suelo Mexicano, la necesidad de otra cabeza gubernamental nacional, que no se opusiera a recibir y principalmente ejecutar los designios del poderoso vecino del Norte.
Así, Porfirio Díaz, con todo y sus vínculos masónicos, lejos de auto exiliarse una vez iniciado el conflicto armado, en los Estados Unidos, optó por la tierra del liberalismo y de la revolución mundial. Sólo los europeos podrían considerarlo un respetable huésped.
Lo que vendría luego, sólo se resume en sangre, en tiranía, la tiranía abstracta del ego, la lucha por el poder, que costaría miles de vidas hermanas; abusos de autoridad y, desde luego mayor miseria; la detención del progreso material logrado hasta entonces, que aunque poco era constante. La pausa no fue sólo durante la rebelión armada, habría de extenderse por décadas.
Y entonces cabe la pregunta, ¿hay motivos para celebrar el inicio de la guerra civil de 1910? celebrar suena frívolo en tanto se atienda la naturaleza del hecho, que sólo produjo muertos, ¿venerar a los héroes?, ¿ a cuáles?, los actores políticos de entonces sólo fueron eso, protagonistas de la lucha por el poder, que nunca traicionaron ningún ideal, por el sólo hecho de que nunca encarnaron alguno; encarnaron sus intereses, sus deseos, su sueño por el poder, por el cual habrían de crear alianzas y promover boicots, contra amigos y enemigos. En concreto, vender el alma a quien tuviera el poder de decisión.

Sin duda no hay nada que celebrar, y si a alguien hay que venerar sólo es al mismo actor de siempre, al pueblo, pero al verdadero, aquél que por razones más sencillas que la democracia nacional o la justicia social, dejó detrás de la trayectoria de las balas y artillería, los sueños propios y los generacionales, sus propias ambiciones y deseos, sus mas simples alegrías.

La generación nuestra de ninguna forma es producto de aquélla, que sirvió de carne de cañón para que facciones se pelearan y sólo una de ellas obtuviera el poder, para después ser la marioneta en turno; nuestra generación es una sociedad simplista, conformista, consumista, hedonista, cuya preocupación se limita al individualista deseo de tener, tener y sólo tener, ¿dar? jamás.
Por ello, vaya a donde permanezcan, un minuto de silencio para los hijos que nunca volvieron a ver a su padre, al abandonar la milpa para empuñar el rifle.
Un minuto de silencio para la madre que no volvió a ver a su vástago llegar al hogar. Un minuto de silencio para la esposa que no volvió a ver al compañero de vida.
Un minuto de silencio para los hermanos separados.
Un minuto de silencio por las oportunidades perdidas.
Un minuto de silencio por la verdad, principal víctima del próximo año, en que se pretenden conmemorar cien años de mentiras y exaltaciones oficialistas.
Un minuto de silencio por el futuro extraviado de una nación.

Religión, Independencia y Unión.