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En la piel deTokio.

Posted on 15:59 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios


Flor de líz Pérez Morales 


Escribo porque sé que mi alma encuentra algo de lucidez en mis pensamientos. Escribo porque seguro en lo retorcido de mis adentros supongo que puedo encontrar a alguien que en lo más retorcido de sus pensamientos se puede topar con en el acomodo de los sentidos. Escribo para esos que piden una palabra ajena que se encuentre con la propia para sabernos vivos. Para mí y para ellos van los pedazos y desparpajos de lo que queda de estos pensamientos…
Hoy conocí otra ciudad. Veras en cuyas entrañas existe un vaivén de vidas que se esconden en el silencio y rapidez de lo cotidiano. Un tipo me apuraba, me decían sus palabras que caminaba despacio. Quizás, pero sé que mis ojos lo toman todo, lo aprietan todo, para guardarse en la vivencia. En Tokio se camina rápido, la gente sale de las estaciones como miles de hormigas que invaden el espacio. Corren, visten de negro y blanco en su mayoría. No entiendo nada, los trenes se cruzan unos con otros en perfecta sincronía de puntualidad. Me atemoriza esa medida del tiempo que no es la mía. Corro para alcanzarlos. Nunca lo logro, es más fuerte mi costumbre que la de los “otros”. No la de la puntualidad, sino la de la fidelidad al tiempo.
Ahí abajo están ellos, minúsculos hombres, que entre las tripas de la ciudad son devorados, al mismo tiempo que hacen correr la vida. Los trenes trepan hostiles por arriba, anunciando la fuerza del primer mundo, de hombres y mujeres que se imantan en sus calles y paredes. Son los trenes y no los autos los dueños de la urbe. La historia es el hoy, casi sin pasado. Avenidas donde los pasajeros de los camiones suben como guardias militares todos los días sin parar, ni chistar.
Esa ciudad que se desnuda y devela su intimidad en la noche para mostrar sus luces de colores con el gran traje apretado que seduce al mejor postor y después al pasar de las horas se guarda en la madrugada, cuando se pone el primer sol naciente de la tierra; en el albor regresa a su traje gris y sobrio de la respetada civilización. Cosmopolitismo que no habla, solo camina.
Ahora que recuerdo a Tokio, creo que se parece mucho a ti. Ahí están ellos. Son como tú. Gigantes que se imponen en el rigor de protagonistas de una urbe, metrópoli de cinta de ciencia ficción que no lo es. Bellezas de una arquitectura que huele a soledad, sobria. Son grises, moldeados en formas rectas, sin curvas que expongan su fragilidad, pero que sí lo son. Se yerguen como altares de la masculinidad, de la hombría, de la racionalidad del mundo que se hace en el ejercicio de la ciencia y el trabajo. Nada se forja en el descuido. No existen incautos más que los turistas que buscan las salidas de una libertad no prometida. Todo se somete a la limpieza y al rigor de la tecnología.
En Tokio no hay casas, solo emporios que se adueñaron del cielo, para imponerse y decirnos lo pequeñito que somos. Los edificios son grandes para acusar su fuerza, ligeros para suavizarse ante sus climas, firmes para regir el mundo de las empresas, como el motor y corazón de la vida económica.
En la noche y en el silencio, en su gran corazón de urbe late el mío, que a contramarea y en medio de su intestina piel me atrevo a leer a Paul Sartré, solo para decirme que soy yo, que sí existo en esa multitud, para allanar la soledad y abrigarme en los brazos de un rascacielos.

Memoria del mar II.

Posted on 0:08 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios


Flor de  Líz Pérez Morales.


 
A mí como a mi familia, nos seduce la idea un desayuno con el pan hecho en casa. ¡El olor es estupendo para abrir el apetito! Esperamos en el pequeño restaurante italiano con vista al mar que tiene el hotel donde nos hospedamos. Tengo el desayuno enfrente pero no es como me lo imaginé: huevos con tocino, café soluble bastante malo, sin pan de casa y un delicioso jugo de naranja. De todas formas esto último redime mi ánimo.
Ahora sí, es hora de ir al agua. Aunque no tan pronto como quisiera, me gusta observar el mar y lo miro a detalle. La poltrona debajo de la palmera me recibe… es de mañana aún. La lectura de un libro me atrae por un momento, lo saco de la bolsa y leo por un rato. La mirada al mar sigue siendo atractiva para mí. Me gusta. Antes de entrar al agua tomo la cámara de la princesa joven y fijo algunas imágenes, ella como toda chica de su tiempo lleva por compañía su portátil, dos cámaras fotográficas y un iPod; tomo la máquina portátil y me pongo a escribir algunas cosas sin sentido. “Seguro después serán historia” dicen mis hermanas que me acompañan al otro lado del camastro.
Las tres princesas más pequeñas se arriman alegres al agua, la nena de un año y medio de edad corre, corre, corre con lo que le dan sus dos regordetas piernas. ¡Quiere lanzarse al mar! Una mano ventajosa se lo impide: mi cuñada, es decir, su madre. La nena llora, señala con su mano que quiere ir adentro. Todos se van al agua; mi mamá desde la hamaca ríe y observa todo, mi cuñado toma el kayak y los remos y se desliza en el horizonte. Lo veo alejarse, se me antoja subir a la pequeña embarcación.
Entro al agua, juego un rato y le digo a mi cuñado que me voy a subir a su “barquito”, él me da el otro remo. La pequeñita llora y piden que la metan en la nave. Yo me apiado de ella y la subo en mis piernas, su rostro lloroso cambia por una sonrisa que abruma al mar. Los tres pasajeros nos adentramos al agua, en realidad las dos pasajeras- la nena y yo- no ayudamos mucho, pues no sabemos remar. No hay más personas que mi familia. El ambiente se llena con algunas risas lejanas de mi parentela. Regresamos a la orilla.
Vuelvo otro rato al agua y pido a mi cuñado que me preste el kayak, quiero remarlo sola. Me lo da. No sé ni siquiera tomar el remo. No importa, busco la manera, él me da algunas recomendaciones, pero no puedo, no logro salir de la orilla. Me digo a mi misma “desde afuera se ve tan fácil hacerlo”. Todos se ríen de mí. Lo sigo intentando. ¡Maldito kayak!, se va para atrás y yo quiero ir para adelante. Sigo intentándolo, pero la embarcación justo se va para donde no quiero ir. Me duelen los brazos por el esfuerzo y no logro salir de la orilla. Mi hermana mayor se compadece y me empuja. Tampoco logro avanzar mucho. Mi cuerpo escurre harto sudor y no obtengo nada. Me paro un poco, uso la lógica, muevo las manos para captar el sentido de acción que tengo que emplear en la nave y los remos. Es cuestión de sincronizar y entender qué quiero hacer. Muevo un remo y observo el movimiento de la embarcación, muevo el otro lado y veo la dirección que toma. Después de eso entiendo algo del ritmo que debo seguir. Avanzo, avanzo, creo que lo logré. “¡Domino y controlo esta cosa!”, me digo.
La princesa joven dice que ella se sube conmigo. Toma el remo y con mayor ventaja sobre el kayak nos adentramos, siguiendo las indicaciones mías del rumbo que quiero tomar. El día se desliza así, en el esfuerzo aplicado a una nave, del sudor de mi cuerpo y sol que ya quema mi piel.
Mientras, la princesa pequeñita tiene tiempo para volverse astuta y lograr su cometido de adentrarse a las profundidades del mar; su estrategia es engañar a su madre. La lleva a la poltrona, la invita a recostarse y al momento la nena sale corriendo para meterse al mar. Imposible, su madre no se deja timar ninguna de las cinco veces que lo intenta. La pequeñita toca un remo y señala con su mano alzada que quiere ir sola. No quiere compañía, ella, como su tía, cree que puede controlar ese pequeño barquito. La veo y le digo: ¡Mi niña, es cuestión de inteligencia!..., seguro lo vas a lograr en unos años.
La tarde-noche nos da la bienvenida con una comida estupenda de pastas, carnes, vino, cervezas, agua de limón y naranja… y ahora sí, pan hecho en casa. La noche algo fría toma su lugar en un pequeño pueblo, de calles empedradas y polvosas, donde el silencio se vuelve majestuoso sólo para ser agradecido ante el oleaje de un mar que por unos momentos se adueña de nuestras vidas. Estoy segura que en un tiempo el pueblo será otro, pero el mar seguirá ahí. Mañana… mañana será otro día.

Memoria del mar I.

Posted on 0:36 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios



Flor de Líz Pérez Morales.



¡Estoy decidida! el traje de baño sale de la maleta, quiero aprovechar los últimos rayos del sol. La toalla y el pareo me acompañan en mi recorrido a la playa. El pequeño hotel me gusta. La brisa es fría, las cuatro princesas ya están en el agua, me animan, dicen que el agua está cálida pero yo me desanimo; la piel se me empieza a poner roñosa, me da frio. No me voy a meter al agua, mejor me quedo en el camastro, el pareo no me cubre mucho. El sol se oculta, las princesas siguen en el agua. Empieza a anochecer, pero no me quiero ir. Me gusta el horizonte solitario a pesar del frio. El agua tiene tres tonos, claro, turquesa y azul profundo.
El tiempo corre, me llena los sentidos observar la casi noche, mi hermana menor se sienta a mi lado, al otro lado mi cuñado; empiezo a toser, la brisa agudiza mi tos. Mi cuñado dice que pida un tequila con limón. Lo hago. Llega en un instante. Lo tomo. Su sabor me recuerda un beso, pero no lo es. Me dan ganas de decirle al mesero que ese tequila no me sabe al beso que recibí, que busque uno con ese sabor. Me rio conmigo misma, me dirá que estoy loca, que ese sabor especial no lo tienen en ningún lado.
El mar me da tristeza. Le pregunto a mi cuñado cómo es un día en la plataforma. Lo narra, dice que es silencioso como ahora, que sus jornada son de seis a seis, cenan, se dan un baño y los hombres deciden si van a la sala colectiva o cada quien se va a sus cuartos a ver televisión. En los camastros seguimos nosotros tres arrastrando el silencio de la noche y la brisa del mar. Se ve una luz en el cielo, yo digo que es un avión, él dice que es un satélite porque no relampaguea; le doy la razón. Otra luz roja y pequeña ilumina el mar, él dice que es una lancha que solicita canal, porque a la luz roja la acompaña una verde. También le creo. Mi tos se agudiza, mejor nos levantamos para ir cenar.
Todos nos reunimos. El restaurante italiano es muy pequeño, huele, están haciendo el pan de la casa. Ceno mi ensalada formaggio, pasa el paquete italiano, me rio porque me recuerda la comida de la tarde cuando la princesa joven y la familia se divirtieron a mis costillas; sobre un ofrecimiento con el empleo de la mercadotecnia me dieron a escoger tres paquetes: Un paquete local, que contenía a un ranchero con acciones en una empresa, un rancho y algo de diversión; un paquete nacional que ofrecía un hombre inteligente y un paquete internacional que ofrecía un italiano dueño del pequeño hotel de diez habitaciones donde nos hospedamos, una vieja camioneta negra polvosa y mi enorme placer por la cultura italiana que saben ellos me es atractiva, incluyendo su comida. ¡Pobre hombre!, ni cuenta se da del juego y las especulaciones infames de mi familia.
Pienso que por lo menos eso ya le valió al italiano para ser protagonista de esta narración. La votación de la tarde fue divertida, el ranchero tuvo dos votos, el de mi hermana mayor, aunque ella tramposamente levantó la mano de la princesa pequeñita de un año. Contundente, logró dos votos. El paquete Inteligente sólo obtuvo el voto de la princesa joven, y eso porque ella lo propuso; y evidentemente arrasó el paquete italiano con todos los votos restantes, dicen que auguraba vacaciones permanentes en ese pequeño lugar del mundo, donde hasta el momento no hay centros comerciales, ni ruidos ensordecedores, solo calles polvosas y un mar hermoso…en ese pueblo se queda una tarde llena de risas.
Subo a mi habitación, me baño y me pongo mi vieja camiseta de Joan Manuel Serrat como pijama. Salgo al pasillo para ver la noche que ya me atraía desde que llegué. En él hay unos sillones de madera que me gustan para quedarme a ver desde mi cuarto la noche que llena el hotel rodeado de matas de plátanos. Me siento en los sillones, el silencio se altera con la suave música de Jorge Drexler, mi cuñada sale también en ropa de dormir, dice que escuchó la música y le llamó la atención. Se sienta a oír la noche en el sillón de al lado. La vieja canción de Hernaldo con el poema Te quiero de Mario Benedettti suena ahora. Sale mi hermana y se sienta en el sillón contiguo. Las tres nos quedamos calladas observando la oscuridad en medio de la música que ahora llena la noche con la voz ronca de Alejandra Guzmán cantando “Hacer el amor con otro”, ella se oye bien en ese lugar.
Maldita tos que sigue en mi cuerpo, la garganta se me cierra más, ¡Por Dios!, la voz me cambia con el frio de la brisa marina. Es como si se rebelara contra mí. Seguimos calladas, cada una en lo suyo. Yo cuento, son cinco los faroles que iluminan la entrada del pequeño hotel. El olor del pan horneado se desliza nuevamente. Llega una pareja, son los vecinos que ocupan la habitación de enfrente; recuerdo la plática con mi hermana cuando le dije que admiraba a la chica que portaba un traje de dos piezas en un cuerpo rollizo, sin pendientes con la vida, y sin embargo, a mí me daba pena enseñar mis piernas delgadas; sigo admirando a esa chica. Los pensamientos se interrumpen con la llegada de las tres princesas que salen en pijama para hacernos compañía, cambian el silencio por la plática de ellas. La niña y la adolescente se sientan en los sillones desocupados, la pequeñita se acurruca en los brazos de su madre, ahí se duerme. El silencio nos abruma. Es tarde… hora de dormir.
¡Maldita tos que me despierta!, es más frecuente. Escucho un ruido constante que cae en el techo de la habitación. Es la madrugada, me levanto y abro la cortina, está oscuro y llueve fuerte. Nunca había visto llover en el mar, el agua y las matas de plátano se mueven con la brisa. Me animo y pienso que sólo será un rato maravilloso de lluvia, me place la caída del agua entre las hojas del plátano. Falta mucho para que amanezca, me da tiempo a dormir nuevamente, eso me alienta a pensar en el desayuno en el restaurante. Sí, voy a desayunar en un lugar que tiene olor a pan hecho en casa… por cierto, pensar en ello me hace olvidar la tos.