Ojos que miran, corazón que grita.

Posted on 7:30 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios




Flor de Líz Pérez Morales. 



Me lo dijo Cintli. Dijo que no estaba asustada pero por si las dudas mejor hacía preguntas e investigaba, pues la habían amenazado por manifestarse. Alguien la había grabado porque cargaba a su hijo en la marcha y le enseñaba que los que aman este país luchan por él. 
Pocos conocerán a esta mujer, una joven que diariamente acude a la universidad, que sentada en el piso consulta su computadora o tiene un texto en la mano, que llega tarde y corriendo a una clase porque su hijo le demandó un poco más de tiempo, que su marido está con ella en los sinsabores y que como joven le ha tocado romper sus propios paradigmas sociales y políticos,  incluso familiares.
Ella representa esa casta de jóvenes que un día se dio cuenta que les habíamos entregado un país desvencijado y se empeñó en hacerlo diferente. Ella, igual que muchos universitarios se amarra en la espalda la ideología y sale a gritarla a la calle. Seguro esta chica no se mira a sí misma, sino a un hijo que le empuña en su mano la esperanza. Esta chica es de otra estirpe, de esa a la que le estamos negando la oportunidad de tener y ser algo mejor, pero ella se empeña en ir en sentido contrario.
Es verdad, parece que amedrentar es el mecanismo más perverso para silenciar a la gente. Pareciera que en este país lo saludable para una política de estado es obligar al ciudadano a guardar silencio, sin saber que un pueblo que a la fuerza es callado emerge con sus rencores en la violencia. Pero no se trata sólo de callar, sino de lo que el mutismo guarda.
En lo oculto está eso que muchos estudiosos entienden como descomposición social, pérdida de pertenencia social, ausencia de civilidad, o lo más grave, lo que bien nombraba Ernesto Sábato, la deshumanización. En realidad hemos caminado mucho para hacer de este país una fábrica de pobres, una sociedad de carencias, una comunidad sin oportunidades, un pueblo sin posibilidad de vivir tranquilos.
Lo que muchos jóvenes están mirando silenciosamente son las debilidades educativas, la falta de empleo, los problemas de inflación, la inseguridad, el espejismo político, la desconfianza en las instituciones, el porvenir sin remedio. 
Lo jóvenes lo palpan, con profesores que no les cumplen, con tareas sin sentido, con purgas de corrupción y acoso, con amigos  aterrados, con inercias administrativas; en resumidas cuentas con el cinismo académico.
Lo viven en su casa y el trabajo, con la pareja o padres desempleados, con la renta sin pagar, con el miedo al robo y a la violencia cotidiana; quizás lo entienden con la inseguridad a cuestas que les pesa todos los días.
A estos jóvenes de hoy nada los puede hacer creer en las instituciones partidistas, de salud o de justicia. Difícilmente los hacen confiar, porque nunca les han rendido cuentas de su función social, no hay más cuenta que la diaria corrupción.
No nos extrañe pues que ahora los síntomas sean evidentes. Ahora mismo el miedo, la incertidumbre, la angustia social se anuncia en la plana de los diarios locales como un espectáculo llamativo, esos mismos medios de comunicación que hacen un símil casi de ficción cuando  acusan   y colocan en el mismo lugar a los asesinos de Tacotalpa, que a los manifestantes del “Yo Soy 132”. “Violentos”, les dicen a estos últimos porque se dejan escuchar, pero son los mismos medios que callan cuando  los asesinos o violentos tienen otra investidura.
Cuando uno observa a Cintli y  revira a los miedos de Tacotalpa entiende porque esta chica lucha, porque se empeña en que seamos diferentes, porque se le borra el miedo del rostro y lo alza  trazando un camino esperanzador. Esta joven no quiere ofrecerle a su hijo más aprensiones, estas carencias y este desencanto. Ella simplemente cree que el mundo puede ser mejor para todos. Casi descabellado… por eso la grabaron.

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