Cuentos cercanos del (próximo) primer tipo.

Posted on 19:42 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios

Marilú Aké Vázquez.



El sonoro ruido de los tambores, despertó a más de uno que ya dormitaba al escuchar la larga lista de invitados que desde el templete alzaban la mano para saludar a la concurrencia. El calor, el hastío y la impaciencia por oír los discursos parecía no importar a los legisladores e integrantes del gobierno que pretendían agradecer el voto obtenido hacía apenas algunos meses, interviniendo uno tras otro con las mismas palabras de bienvenida, iguales frases bañadas de democracia que solo ellos se creían. La intensa movilización de los músicos y del personal de logística, que al mismo tiempo la hacían de elementos de seguridad rompieron la quietud del lugar. Sin girar sus cabezas supieron que había hecho su arribo el flamante presidente municipal electo, del brazo de la primera dama que sonreía orgullosa de saber que era ella y no él, quién realmente obtuvo el triunfo en las urnas. A un lado venía quién también se creía el verdadero ganador de la contienda; su nombre sonaba con insistencia para ocupar la secretaría del Ayuntamiento que ya se había constituido mentalmente por el equipo de campaña. No era necesario siquiera pensar en más propuestas, era el hombre más cercano al candidato electo, el cerebro detrás del proyecto, el de las ideas, el de los discursos, el de las decisiones, el que ponía las palabras en la voz del próximo edil.
Tan solo habría que recordar la ocasión en la que se invitó a los alcaldes electos para la primera reunión donde se les capacitaría sobre administración, finanzas municipales y otros temas relacionados con lo que sería su encomienda a partir del 1 de enero del año siguiente. Problemas con la maltrecha carretera que mentalmente se prometía componer en los primeros 100 días de gobierno, retrasaron su llegada junto con el edil electo. Éste tuvo que ingresar solo a la reunión con sus próximos homólogos. Temió que tan solo abrir la boca se dieran cuenta que era un idiota, algunos pensarían que se excedía en su calificativo; que la envidia lo corroía por no ser él quién tomaría protesta al cargo, pero los pocos que habían tenido la oportunidad de hablar con el “candidato” constataban que se quedaba corto, por eso había que cuidarlo.
La imagen ante todo, se repetía cuando recordaba que la figura y por supuesto, el dinero que cobijaba al “candidato” habían sido decisivos para elegirlo y no a él, como el próximo encargado de ser la imagen para gobernar al pueblo. Por eso le urgía llegar a la reunión.
Cuando el chofer logró sortear los baches de la carretera y llegar al lugar del encuentro, bajó de prisa e intentó entrar, pero se topó con el personal que resguardaba la puerta. La orden había sido no dejar pasar a nadie que no fuera presidente electo. Primero intentó conciliar, argumentó que llevaba unos documentos que necesitaban la firma del “hombre”, pero su intento fue infructuoso, más de uno había intentado colarse en la reunión, por lo que el vigilante ya se conocía todas las excusas. Ninguna valió para dejarlo entrar. De la calma pasó al hormigueo de la molestia -se conocía- trató de contenerse porque sabía que una negativa más y explotaría, pero la cólera terminó por apoderarse de él y ante el (nuevo) rechazo de dejarlo pasar gritó: ¡No se da cuenta que el alcalde es un pendejo y yo soy quien tiene que decirle qué decir!.
Los asistentes de los otros alcaldes, los reporteros y los meseros que estaban a su alrededor a la espera de que el encuentro terminara lo voltearon a ver estupefactos.
De todas las excusas que ellos habían “inventado” en su infructuoso deseo por pasar ni una se acercaba a lo que oyeron. El vigilante, apenado, comprendió de inmediato, hizo una excepción y lo dejó entrar. El episodio que se esparció como reguero de pólvora, llegó a oídos de todos, menos del “candidato”, al que se cuidó de que no se percatara que los murmullos y miradas esquivas cuando terminó la reunión iban dirigidas a él.
Ése era su trabajo, se dijo mentalmente el próximo Secretario, ahora que caminaba junto al alcalde electo rumbo al templete para participar en la gira de agradecimiento. “Que no se den cuenta que quién manda soy yo”, se decía.
Algunos pensarían que había llegado tarde, pero el equipo sabía que era parte de la estrategia para llamar la atención de la concurrencia. “Como si esto fuera necesario” pensó un asistente que había sugerido suprimir la entrada con tambores y la intensa movilización del personal de “logística” que parecían sacados de una película del agente James Bond a la mexicana, con sus aparatos de comunicación, lentes de sol y la típica guayabera blanca que destacaban en cualquier evento, por contrastar con la pobreza del lugar y la humildad de la concurrencia.
Pero ni el edil ni su esposa quisieron siquiera terminar de escuchar la sugerencia. La orden era y seguiría siendo hasta su toma de protesta, que su arribo a cualquier evento al que se les invitara sería tambores por delante, logística por todos lados y ellos del brazo, atrás de los músicos.
Claro que “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia” como decía la finada Masha, personaje del pueblo que -ahora- será gobernado... por el presunto idiota.

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