¿Rebelión o Civismo?

Posted on 9:25 by Hugo Triano Gomez | 0 comentarios


Iván Triano Gómez.


Para nadie es una sorpresa, los legisladores federales - representantes de los intereses populares - hace días decidieron concretar la denominada reforma hacendaria, que en entre otras cosas generan el aumento de gravámenes, en detrimento directo de la clase media de nuestra Nación.
Los detalles en torno a dicha reforma han sido amplia y constantemente discutidos; en términos generales, se trata de encarecer la vida de consumo vital (exceptuando los vicios) y reducir a la vez el poder adquisitivo de la clase media trabajadora. En términos sencillos: ahorcar aún más a la misma mula.
Pareciera que el Estado Gobierno tiene la firme intención de empujar a la población a un escenario sangriento tal cual implicó, la denominada “Revolución Mexicana” de 1910, que no fue más que una revuelta civil encausada, en la que quien perdió material y humanísticamente, sólo fue la sociedad Nacional y los únicos beneficiados los mismos de siempre: la clase política oligárquica.
En este contexto, cuando el rector de la sobrevalorada Universidad Nacional Autónoma de México, simultáneamente con el Epicospado Nacional han externado públicamente el temor de un estallido social para 2010, adquiere relevancia el tema de la representación social.
El poder desde siempre ha sido objeto de estudio y críticas, por ello al descartarse hoy todo camino distinto al del sistema “democrático” tal cual se práctica, solo queda el camino crítico, el de cuestionar las instituciones que presumen de democráticas.
Así pues, la razón original del representante popular, -en teoría- además de servir de contrapeso del monarca o dictador (acepción positiva: dictador de leyes; la noción negativa de aquél, implica la tiranía) la constituye el servir de canal entre el poderoso o el Estado y el común o ciudadano.
Efectivamente el representante popular, diputado, parlamentario o como se le quiera llamar tiene como propósito-razón de ser, servir de “puente” entre el poderoso y el común a fin de acortar la brecha político socio económica entre ambos elementos del Estado; al menos esa fue la justificación político histórica que dio y ha dado lugar a un sin número de conflictos sobre el particular, pues aunque genéricamente se invoque o reivindiquen tales movimientos como luchas sociales, la experiencia ha demostrado que la sociedad es lo último en dicha dinámica.
Tal aseveración como se precisó adquiere actualidad, pues la gran mayoría de los mexicanos hoy en día se siente de todo, menos representado. La gran mayoría de la clase media trabajadora, sabe y comprende que mayores impuesto agudizan la crisis financiera que se vive; intuye que con dichos remedios, poco o nada habrá de mejorar en el mediano o corto plazo.
Un verídico ejercicio democrático implicaría que los legisladores atendieran las manifestaciones en contra de los sectores laborales del país, de los intelectuales, del ciudadano común; es curioso obervar cómo en determinados casos la sociedad “nunca se equivoca” y cómo en otros la clase política afirma que la misma sociedad es visceral y ciega, por lo que no es madura para autodeterminarse (caso del consenso nacional para la instauración de la pena de muerte).
Es cierto, que la problemática nacional no debe ser sometida absolutamente a la opinión pública; sin embargo lo mínimo que puede exigirse a un Estado que presume de democrático y representativo es otorgar a los sectores de la sociedad el derecho a intervenir (De hecho) en la discusión en torno a las políticas de Estado, incluso en las que se estiman estratégicas a fin de proponer, escuchar y desechar propuestas.
No significa pues que en automático el Estado Gobierno deba aceptar toda iniciativa ciudadana. Lo que se exige es un verdadero ejercicio de intervención cívica, que hasta ahora ha sido ridículo al limitarlo al sufragio en la elección de representantes, es decir, a una acción muda en función de que el ciudadano se haya atado de manos desde un inicio para elegir por sí mismo a aquéllos en calidad de candidatos, pues tiene que elegir exclusivamente de entre los sujetos que la cúpula partidaria- gubernamental selecciona previamente. Los de su gusto, los de su modo.
Luego el ciudadano elije a un monigote cuyo interés es partidario antes que nada, nunca ciudadano, nunca el de Juan Pérez dedicado a la plomería, con ingresos diarios de cien pesos, cuando bien le va.
No debemos permitir ya que las cúpulas políticas decidan arbitrariamente sobre nuestras vidas, menos aún respecto de nuestras generaciones futuras que deberán llevar encima el yugo socio económico planeado e implementado hoy. Si lo que quieren es poder, que se queden con él pero que lo ejerzan conforme al sentir de la sociedad, no en contra de ella.
En síntesis, hoy más que nunca, ante el panorama económico previsto, es factible pensar como sociedad en exigir herramientas eficaces que acrecienten y hagan despegar por fin y en serio la intervención cívica. La historia reciente ha demostrado que la representación por sí misma no es suficiente, esperar puede ser peligroso. No permitamos que la historia se repita y nos haga ver que no hemos aprendido la lección.
Siendo precisos, a ningún representante popular se ha escuchado aludir la relevancia de retomar la discusión de la monetización de la onza de plata (ver Máss Opinión 14/10/09) a fin de encarar la crisis actual, sea factible o no. Debatir es la clave. Que el representante le de voz a la sociedad respecto del tema, seguro le demandará inmediata acción.
El referéndum, el plebiscito, y la remoción de representantes son sólo algunas herramientas posibles de regular jurídicamente que deben ser consideradas por la clase gobernante de este país en su verdadera dimensión. No deben temer otorgar tal poder a la sociedad, si es que en verdad aman al pueblo y si en verdad son demócratas. Tales figuras representan formas alternas de obtener legitimación por parte del Estado ¡Qué mejor que gobernar no de cara al pueblo, sino junto a él!
Religión, Independencia y Unión.

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